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Sin perder el tren
13/09/07

Con la plaza de toros de Las Ventas abarrotada, Alejandro Sanz volvió a ser el mismo de siempre: pleno de voz, de sentimiento, de capacidad de conexión con el gran público, y esa simpatía arrolladora que deslumbra desde la pantalla de vídeo. Poco importa que haya perdido el cuello -tampoco hay que preguntarle al guitarrista- y que las hojas del calendario vayan pasando. Su figura de artista permanece incólume, más allá de depresiones y momentos bajos. La gente le quiere, le siguen queriendo sus fans repartidas en varias generaciones. El griterío es el mismo de siempre, desde el momento en el que irrumpe en un escenario considerablemente más espectacular que el de su gira anterior No es lo mismo. Alejandro apuesta ahora por un funk y se olvida de aquel hip-hop que resultaba ciertamente poco verosímil como salida para un cantante romántico. Además, este Tren de los momentos le alarga las estaciones vitales, dilatando el instante en que tenga que calzarse el frac y lanzarse a los boleros, lugar común de todos los cantantes románticos.

Con un repertorio que fue un completo repaso por sus grandes éxitos de siempre, Alejandro transitó por las veredas del ritmo, mientras atacaba a la guitarra eléctrica en temas como El tren de los momentos, La peleíta o La Habana. También atacó ese romanticismo musical marca de la casa, y que pone el público a cien, invitándole a cantar temas enrevesados y letras francamente difíciles de aprender. Puntos fuertes en este campo estético fueron Cuando nadie me ve, A la primera persona, tema en el que compartió escenario y micrófono con su alumna aventajada Malú, y El alma al aire. Como siempre, su momento álgido y musicalmente más interesante lo constituyó la ejecución de un Corazón partío que en sí justifica toda una carrera musical. Pocas canciones como ésa figurarán en la historia del cancionero popular español de todos los tiempos.

El espectáculo, de una belleza escénica y luminotécnica muy reseñable, estaba concebido en un crescendo que explotó con la aparición, tras el acostumbrado decorado flamenco al que tiene acostumbrado a su público, de Antonio Carmona, junto al que interpretó una canción del disco de este último, Para que tú no llores. Finalizando con una vibrante explosión de júbilo por parte del público, cuando el cantante madrileño atacó a cuchillo los compases de No es lo mismo.

Alejandro, algunos años más tarde, sigue estando en su sitio. No ha perdido el tren.

 

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